Jauja

En la Antigüedad se decía que Jauja era una tierra mitológica llena de abundancia y felicidad. Muchas expediciones buscaron el lugar para corroborarlo. Con el tiempo, la leyenda creció de manera desproporcionada. Sin duda la gente exageraba, como siempre. Lo único que se sabe con certeza es que todos los que intentaron encontrar ese paraíso terrenal se perdieron en el camino.

Nunca antes había contado esta historia, y es algo que pasó hace ya mucho tiempo y que, sin embargo, continúa volviendo a mi mente cada vez que paso por un mal momento.

Era mi primera semana de universidad en la ciudad de Santiago, y yo estaba emocionadísimo con la idea de vivir en un sitio nuevo, conocer gente, estudiar algo que me gustaba, y demás expectativas inevitables que pronto se esfumaron como el vapor en una taza de café.

Una de esas tardes había quedado con un amigo para intercambiar nuestras primeras impresiones sobre todo lo que estaba pasando. Al ser Santiago una ciudad pequeña, me aventuré a dar una vuelta para ver de qué iba el tema antes de ver a mi amigo. Ni qué decir que me perdí, pero esa es otra historia.

Llegué a lo que parecían ser las afueras de la ciudad, y allí, en medio de ninguna parte, vi una parada de autobús y un hombre viejo con el que había cruzado una mirada. Fue en ese momento cuando descubrí que había autobuses urbanos en Santiago. Supuse que el hombre debía de estar esperando un buen rato. Estaba solo, sin nada con lo que entretenerse, y sin embargo no parecía importarle nada de eso. Simplemente estaba ahí sentado, sonriendo y mirando alrededor.

Llevaba caminando entre 5 y 10 minutos y no podía quitármelo de la cabeza. Como la mayoría de la gente, siempre lleno el tiempo con el teléfono, mandando wasaps, leyendo cosas que no me aportan nada, releyendo otras, chequeando constantemente lo que está pasando en el mundo. Para mí era difícil entender que ese hombre pudiese vivir en medio de ningún lado, y aún así ser feliz en la vida.

Como todavía tenía tiempo libre, decidí dar media vuelta y ver si seguía esperando el autobús. Y allí estaba. Tímidamente me acerqué a él, sin saber cómo reaccionaría a que un extraño fuese a hablarle por dios-sabe-qué-motivo. Salió del profundo pensamiento en el que estaba y me miró y sonrió mientras le saludaba. No sabía de qué quería hablarle, sólo sabía que quería hacerlo. Me contó que vive a 15 minutos, en la finca de su hijo, y que le ayuda en lo que puede. Estaba ahí esperando el bus que le llevase al centro de la ciudad para comprar comida y demás.

Le pregunté qué cosas hacía en su día a día. Me dijo que se levanta temprano y camina por el bosque porque hay algo especial en el modo en que los rayos de sol se cuelan entre los árboles cuando amanece. Juega con sus nietos, pasea a los perros, lee el periódico. Camina y habla con los vecinos, y otras veces coge el bus al centro de la ciudad y va a bares o tiendas y habla con la gente que esté allí haciendo lo mismo.

Nunca perdió el tiempo, y no necesitó las cosas que nosotros requerimos para ser felices. Me dejó pensando sobre qué es realmente la felicidad. Soy el resultado de todo lo que he visto y todo el mundo con el que he hablado. Me despierto de mala gana, me quejo demasiado, dependo del café para ser amable con la gente, y pierdo mucho el tiempo. Siempre le cedo mi estabilidad a “que me hable cierta persona”, o a “que llegue cierto día” y cosas así. Total para que pronto la felicidad se esfume, o ni llegue.

Le pregunté al hombre qué es lo que le hacía a él feliz, y me dijo algo que nunca he olvidado. Me dijo “la felicidad no viene de cosas o lugares. La felicidad es una actitud. Puedo ir a la ciudad en la que vives y ser feliz porque estoy viendo algo nuevo. Pero también puedo ir a mi patio trasero y ser feliz por muchas otras razones. Puedo ser feliz porque tengo un patio, o porque el tiempo es agradable. Puedo ser feliz porque mi patio me da una sensación de confort, o puedo ser feliz porque todavía estoy lo suficientemente sano como para ir caminando a mi patio. Puedes escoger ser feliz con lo que sea en cualquier momento. Escoges estar enfadado o triste con lo demás, ¿por qué no escoger ser feliz?”.

Las cosas no te hacen estar enfadado. Eres tú quien escoge reaccionar de esa manera. Las cosas no te brindan felicidad, ni la gente ni las vacaciones. Eres tú quien escoge ser feliz con la gente, o con las vacaciones. Y eres tú quien puede escoger ser feliz en cualquier otro momento también.

Le di las gracias al hombre por su tiempo y nos despedimos con un apretón de manos. Realmente no me paré mucho a pensar en lo que me dijo hasta hoy. Ese hombre no tenía muchas cosas en la vida, y no tenía los objetos caros que tenemos nosotros. No había nadie que le dijese todo el tiempo cómo tenía que vivir, o cómo ser feliz. No había un manual escrito que le dijera de dónde sacar felicidad. Pero él era feliz. Y ahora sé que yo puedo serlo también.

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