Puentes

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A veces es difícil ir del punto A al punto B. Como ir de A) ¿Ya está sonando el maldito despertador? a B) Estoy sentado en clase/en el trabajo. De A) Tengo que hacer ochocientas cosas para este viernes y de verdad que no sé cómo voy a sobrevivir a B) Es viernes y sigo vivo. De A) Ha pasado un mes y debería escribir algo en el blog a B) Estoy escribiendo algo y no sé si lo publicaré o acabará en la papelera de reciclaje junto con otros unos y ceros de los que me quiero olvidar para siempre.

O A) Quiero conocer a esa persona a B) Conozco a esa persona.

Pero, ¿de verdad se puede conocer a alguien?

Había un autor (no recuerdo quién era, pero seguro que era importante) que decía que él no creía que dos personas pudieran conocerse del todo. Que era un tema que le obsesionaba, y del que creía que no podía sacarse una solución satisfactoria. Cada uno somos una isla de pensamientos e ideas que comunicamos a los demás a través de lo que hacemos y decimos. Pero eso tiene un límite, y nuestra mente se encarga de crecer ella solita hasta volverse en esta cosa extraña e infinita que todos tenemos en nuestras cabezas.

“¿También se preguntará dónde mierda estamos?”

Por ejemplo, cuando alguien dice la palabra “queso”, tú puedes pensar en los tipos de queso que te gustan o en cuánto odias su olor. O peor aún, no pensarlo con palabras, pero que todas esas nociones las tengas en tu cabeza a un nivel subconsciente. Y puedes decirle a otra persona cuánto te gusta el queso, puedes darle todos los detalles que tengas sobre lo que el queso significa en tu vida. Pero el caso es que el queso es una cosa, y en tu vida hay millones de cosas como esa, que equivalen a billones de pensamientos e ideas.

Algo tan simple como que sea octubre puede significar muchas cosas para ti, puede evocar aquel año en que te enamoraste o el otro en el que lo pasaste horriblemente mal y aunque la otra persona pueda conocer esos detalles sobre ti, ella va a tener sus propias nociones sobre lo que el mes de octubre significa para ella. Nadie puede pensar por ti.

Hay gente a la que esto le parecerá un tema baladí. “¿Qué importa que alguien no lo sepa TODO sobre mí? Con que sea agradable me llega”. Es algo totalmente razonable, y desde luego no creo que el objetivo de nadie en la vida deba ser que todo el mundo le comprenda al cien por cien en todo momento.

Pero… ¿y si pidiera tan sólo que lo hiciera una persona?

"Ah, vale, estamos en una playa"

“Ah, vale, estamos en una playa”

Nadie puede saber lo que pensamos siempre. Nadie puede llegar a conocernos tan bien como para saberlo todo sobre nosotros, porque como dije antes, nuestra mente es infinita, y a cada segundo es casi como si nos convirtiésemos en alguien distinto. Cada uno somos una isla de pensamientos y recuerdos.

Sin embargo, y aquí es donde las cosas se vuelven mágicas e inexplicables, podemos construir puentes.

Todos nos hemos topado alguna vez en nuestra vida con una persona a la que parece que no hace falta darle explicaciones. Cada broma la pilla al vuelo. Las conversaciones con ella fluyen como el agua. Todo lo que dices parece entenderlo y tú no tienes ni una sombra de duda de que lo hace. Y cada vez que os miráis es como si vuestros ojos se pegasen con superglue y fuera muy difícil separarlos.

La verdad es que con cada persona que está en nuestra vida construimos puentes. Desde el señor que nos atiende en el restaurante hasta nuestra madre, pasando por la profesora a la que odiamos o nuestro amigo de la infancia. Lo que cambia es el material, la dureza, y si podemos hacer pasar cien camiones cisterna con nuestros problemas cuando necesitamos que la otra persona nos libere del peso.

Algunos puentes los levantamos. Otros los cuidamos con esmero y dedicación. Muchos se acaban cayendo por desgaste. Y unos pocos los volamos por los aires.

“¿Debería decirle algo?”

Lo que está claro es que lo que todos queremos es tener un buen puente con alguien. Uno que resista a huracanes y tsunamis. Uno que sepamos que estará ahí cuando necesitemos aliviar el peso de nuestra isla antes de que se hunda. Uno que, aunque al comienzo parezca un espejismo, acabe volviéndose la capital de nuestro país.

Sin embargo, lo que todo el mundo me dice con insistencia es que debo dejar de preocuparme en las islas de los demás y en construir puentes. Tengo que pensar en mí.

Así que al final he llegado a una solución al problema. Nadie me va a conocer nunca del todo. Pero quien tiene que conocerme más soy yo mismo. Porque cuando otras islas formen puentes con la mía, querré tener mi isla lo más cuidada posible, sin matorrales, sin depredadores, sin temporales que amenacen con hundirme a mí y a todos los que estén cerca.

“Al final fuimos felices y comimos perdices. Pero hemos vuelto a en-medio-de-la-nada y no sabemos salir :(“

El punto A soy yo. El punto B son los demás. Pero en este ejemplo, nunca llegaré al punto B. Siempre me quedaré a las puertas de sus islas. Así que lo mejor será construir un buen lugar para encontrarnos en el camino.

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