Por qué siempre llego tarde

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Hay una edad en la que todos los niños dicen dos palabras incesantemente: “¿Por qué?”.

No sé nada de psicología infantil (o de psicología a secas), pero esta es una de esas verdades universales que todo el mundo acepta como válida. Recuerdo estar en una farmacia con mi madre y entrar en uno de esos bucles en los que le preguntaba el por qué a cada cosa que me decía, y ella con una media sonrisa decirle al farmacéutico: “está en esa edad”.

Y recuerdo que una de las cosas que le pregunté es por qué siempre llegaba tarde.

No voy a mentir, no recuerdo que me contestó. Como niño de 5 años que era, probablemente su respuesta involucraba alguna mentirijilla que habré olvidado a los 5 segundos de escucharla tras preguntarle el siguiente “por qué”. Pero tiempo después me di cuenta de que mi abuela (su madre), también era de las personas que siempre llegaban tarde, daba igual la ocasión, si era algo formal o informal; ella nunca llegaba a la hora.

Así que supuse que sería algo de familia. Durante un tiempo me contenté con esa solución al misterio, pero entonces me di cuenta de que mi padre no tenía ese comportamiento (no tenía muchas nociones de genética, como podréis entender), y otra vez comencé a preguntarme por qué la gente llegaba tarde, como tampoco podía entender cómo a los adultos les costaba tanto pedir perdón o admitir que estaban equivocados, cuando para mí de niño era tan fácil.

La respuesta llegó en una película. Era una de Peter Sellers llamada “Bienvenido Mr. Chance”. En ella, uno de los personajes está a punto de reunirse con el presidente de los Estados Unidos, y mientras el presidente espera, Sellers le pregunta al anfitrión: “¿por qué le está haciendo esperar?”, a lo que él contesta: “está bien llegar elegantemente tarde, así parece que tenemos una vida ocupada y misteriosa”.

Entonces me fijé en mi madre y en mi abuela. Me daba la sensación de que, aunque llegasen tarde a los sitios, nunca nadie se enfadaba con ellas. Tenían un encanto especial que hacía que los demás se olvidasen al instante del enfado que provocaban llegando tarde. Siempre eran recibidas con una sonrisa. Para mí, parecía que llegar tarde no sólo era elegante, sino que además era algo mágico.

Así que para tratar de conseguir ese efecto, empecé a llegar deliberadamente tarde en todas las situaciones en las que podía. A clase, a quedar con mis amigos, al dentista, a las actividades extraescolares… y sobra decir que aquello no fue para nada como esperaba. En lugar de conseguir la adulación de los demás, me gané una repulsión bien merecida. No podía entender por qué el truco no funcionaba conmigo, así que acabé rindiéndome y volví a llegar siempre a la hora.

Unos años más tarde, hice un amigo que también llegaba siempre tarde. Este amigo era una persona misteriosa a la par que atrayente, y siempre me producía curiosidad el hecho de que llegase tarde porque me hacía preguntarme, en silencio, dónde había estado antes. Nunca se lo dije, por temor quizá a que la respuesta fuese decepcionante. Pero de algún modo me hizo recordar el asunto de llegar elegantemente tarde, y yo quería tener también ese poder mágico.

Una vez más probé el truco… y otra vez fue un desastre. No conseguía borrar las caras de mosqueo como hacían mi madre y mi abuela, ni le causaba curiosidad a nadie como mi amigo. Simplemente era una persona molesta que llegaba siempre tarde. No lo entendía.

Hasta hace unos días.

Estaba viendo una entrevista a Carmen Maura en la que hablaba sobre trabajar con Almodóvar. Una de las cosas de las que el director siempre se quejaba de ella es de que siempre llegaba tarde. Y cuando la escuché, entendí que todo este tiempo había abordado el asunto del modo erróneo.

“Mi carrera, mis estudios, la historia de mi vida… nunca me he tomado en serio esas cosas. No creo que exista tal ‘historia de mi vida’, nadie es tan importante… sólo somos personas. Solía tener una vida muy vacía, sin intereses, sin hobbies, hasta que conocí a Pedro. De algún modo me insufló su pasión, sus ganas de vivir. Desde entonces nunca me aburro, no me lo permito. Siempre hay algo que hacer. El lado malo es que cuando hago algo estoy tan centrada que pierdo la noción del tiempo”.

Y por siempre eso llego tarde.

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