Aquí hay fantasmas

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Juan Alonso, el segundo por la izquierda


Si quieres ir desde Coruña hasta Miño tienes dos opciones para cruzar la ría de Betanzos. Yendo por la autopista, el camino te lleva hasta un puente que parece recién construido (y que lo que tiene de nuevo le falta de encanto). En cambio, si vas por la carretera nacional, unos pocos kilómetros al norte hay un puente viejo cuyos arcos, cuando era niño, me recordaban siempre al puente de San Francisco, por el logotipo de Mapfre. En los 90, cuando iba en el destartalado Seat de mis abuelos, siempre íbamos por el viejo puente que daba sombra a la playa del Pedrido.

La playa de Miño es bastante particular. Justo al lado de la costa hay un pequeño bosque que se mezcla con la arena y filtra los rayos de Sol del verano. Aquí y allí hay muebles de piedra para hacer parrilladas, en los que en los meses de julio y agosto se agolpan familias enteras en cuanto una ronda de churrasco termina de hacerse. En el extremo izquierdo del bosque, mirando al mar, un kiosko-cafetería donde siempre compraba helados de niño. Y, sobre todo, el pequeño aparcamiento alejado de la playa principal, situado junto a las vías de un tren que siempre esperaba ver pasar con su estruendosa maquinaria, y que por alguna razón nunca llegaba.

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Pero lo que más recuerdo de esas pequeñas excursiones a Miño es el viejo chiringuito que está justo debajo del puente de Mapfre, en un sitio que, lo sé ahora, se llama la playa del Pedrido. En esas ocasiones éramos tan sólo mi abuelo y yo, mi abuela nunca estaba. Era un bar “de los de toda la vida”, con un interior de madera y un viejo fubtolín lleno de polvo. Siempre que íbamos pedía una Coca-Cola y él un carajillo. Es una de las cosas que mejor recuerdo de mi abuelo.

Pero, ¿por qué íbamos hasta ese bar en medio de la nada? Y sobre todo, ¿por qué recuerdo eso y no otras cosas más importantes?

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A veces pienso que la memoria actúa como un mago: mientras te distrae con una mano, oculta la otra para hacer su truco.

Mi abuelo materno se murió cuando yo tenía 7, 8 o 9 años. Hay algunas cosas más que recuerdo de él, como que siempre tenía unos caramelos para mí que guardaba en un frasco de cristal, o su cenicero negro lleno de arenilla, o el modo en que me cogía y me llamaba caradura. Pero el recuerdo que sigue viniéndome a la cabeza es el de aquel chiringuito de playa, abandonado a la sombra de un viejo puente.

Si sigo pensando en ello, me pregunto por qué ese bar, pero después me doy cuenta de que realmente no sé nada sobre mi abuelo. No sé quién fue, no sé en qué trabajaba, no sé si era feliz o infeliz, no sé si logró conquistar sus sueños. Tal vez era como yo, tal vez se sentía como un extraño en este mundo, preguntándose por qué estaba aquí y qué se supone que debía hacer. Tal vez pensamos igual. Al fin y al cabo, me llamaron Juan por él.

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Mientras escribo esto mi madre está en la habitación de al lado, planchando. Y sería tan fácil. Sería tan fácil simplemente levantarme, ir junto a ella y decirle “¿cómo era el abuelo Juan?”. O podría coger el teléfono y llamar a mi abuela. Incluso podría preguntarle a mi hermana o a mi padre y algo tendrían que decirme. Me doy cuenta de que, en realidad, sería muy fácil saciar mi curiosidad.

Pero la realidad es que no se trata de quién era, ni de cómo era. Poco importa ahora si cumplió sus sueños o si era feliz.Eso no va a cambiar mi visión sobre él. Como tampoco importa la razón por la que íbamos hasta ese bar. La cuestión es que íbamos, y ese recuerdo siempre vivirá conmigo. Como vivirán conmigo el frasco de caramelos y el cenicero negro con arenilla.

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Después de que muriera, volví a ir a Miño. Volví a pasar por el puente de Mapfre. Volví al bosque de la playa, volví a ver a las familias, inmutadas, comiendo y riendo en los días de julio y agosto. Volví a comprar helados, y todavía no he visto pasar el tren junto al aparcamiento.

Lo que nunca he hecho es volver al chiringuito. Tal vez porque eso era algo que sólo compartíamos mi abuelo y yo. Seguramente nadie más lo sepa. Si soy sincero, no sé si quiero volver. Quizá haya cerrado. O tal vez siga habiendo Coca-Colas y carajillos para nuevos abuelos y nietos que decidan pasar por allí. Quiero creerlo. Porque tengo la sensación de que, del mismo modo que los antiguos dibujantes de mapas escribían en regiones inexploradas “Aquí hay leones”, en ese viejo bar de la playa del Pedrido, oculto bajo la sombra del puente de Mapfre, hay un cartel en el que se puede leer: “Aquí hay fantasmas”.

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