Historia de Navidad

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Para esta entrada, en lugar de escribir una reflexión o una experiencia como suelo hacer, quiero compartir un relato que acabo de escribir, que para ser sincero, no deja de ser bastante autobiográfico. Espero que os guste. ¡Feliz año!

Siempre pensó que las noches eran más claras en la ciudad. Como el resto de su familia, él creció jugando en las calles de asfalto y en los parques que, con sus árboles, imitaban torpemente los bosques gallegos. Nunca conoció lo que eran los cielos plagados de estrellas. Creía que, en la ciudad, con la fuerza de las farolas, el cielo de las noches no era negro, sino azul oscuro. “Si uno se fija bien, se puede apreciar”, le solía decir a las chicas que trataba de impresionar con su sensibilidad.

Aquello había sido hace muchos años. Ahora estaba conduciendo un coche, con su mujer al lado y sus dos hijos en la parte de atrás. Como todas las Nochebuenas, iban a la casa de sus padres, que se habían mudado al campo. Se trataba de un chalet de dos plantas, con un salón gigante decorado por completo de cuadros y muebles victorianos. El jardín estaba adornado con unas cuantas plantas que trajo el dueño anterior de África, para recordarle sus años de voluntariado, según se decía.

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Él tenía una teoría. Pensaba que, cuanto más patas arriba está la vida de uno, más odia la Navidad. Estaba cansado de escuchar a sus amigos y compañeros de trabajo, cada año con más intensidad, decir que odiaban la Navidad. Él creía que se relacionaba con el hecho de tener que ver a los familiares y fingir que todo le va a uno estupendamente. A nadie le gusta ponerse una máscara, es mejor sentarse en el sofá junto a los propios demonios. Por eso los niños, inocentes, no tienen ningún problema con la Navidad. No tienen nada que demostrarle u ocultarle a nadie. Se dejan ilusionar con fe ciega en Papá Noel, como hacen algunos adultos cuando entran en una sala de cine o una función de teatro, entregándose a la ilusión de la ficción de las vidas ajenas.

Cuando llegaron a la casa de sus padres, la Luna estaba llena. Hacía una noche muy clara, más que en la ciudad. Allí no hacían falta farolas ni tintineantes semáforos. “Casi podríamos cenar en el jardín”, pensó.

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Irónicamente, unos minutos después de entrar en la casa, las luces se fueron. Tras varios intentos de arreglarla y de llamar a un electricista, la familia desistió.

– ¿Quién va a venir en Nochebuena? No, no. -repetía su madre.
– Podríamos cenar en el jardín, hace una noche muy clara -dijo él.

Y lo cierto es que se veía más afuera que dentro con las velas. Además, hacía una temperatura inusualmente alta para ser Navidad. Así que cogieron todos unas sillas, los cubiertos, un mantel y la comida y se fueron a cenar a la luz de la Luna, tímida entre las nubes. Los niños se lo tomaron como una aventura. Los adultos, primero como una molestia y después como una buena idea para hacer algo distinto por una vez.

Y aquella noche, entre turrones y variadas carnes, se habló de política, de fútbol, de actores, de parejas, de televisión, de Star Wars, de música, de dinero, de trabajo, de éxitos, de fracasos, de viajes, de niños, de colegios, de viejos fantasmas, del pasado, del futuro, de ángeles y de demonios.

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Uno de sus hijos le pidió que le arreglara, entre sollozos, uno de los nuevos juguetes que había roto sin querer. Y en ese momento pensó en cómo debía de verle su hijo, como una especie de Dios que le daba todo lo que necesitaba. Y en realidad, él sólo era un ser humano más, perdido y confundido, que lo único que quería aquella noche, en un impulso primitivo, era quedarse a dormir en la casa de sus padres y esperar con infantil anhelo a que llegase Papá Noel.

– Con esta luz parece que está amaneciendo -le dijo a su madre, en un arranque extraño de ilusión y fascinación.
– Estas noches son bastante típicas aquí -le replicó.

Cuando llegó la hora de irse, metió a sus adormilados hijos en la parte de atrás del coche, y mientras les apretaba el cinturón volvía a pensar en cómo le gustaría quedarse allí esa noche. Se despidió de sus padres con promesas de volver pronto, aunque todos sabían que no pasaría hasta dentro de mucho (demasiado) tiempo. Ahora había trabajo, había niños, había una pareja, había jaquecas e insomnios, días interminables y noches sin descansar. Su vida iba a un ritmo que en muchas ocasiones sobrepasaba sus propias capacidades.

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Al llegar a casa se quitó la apretada camisa sin desabrocharla. Se metieron en la cama y, tras desearle buenas noches a su mujer, se dio la vuelta y cerró los ojos. Fingió volver a ser un niño y estar en casa de sus padres, y pensó otra vez en el cielo claro de la casa de campo, y cómo parecía que estaba amaneciendo aunque todavía fueran las tres de la mañana. Y a la sonrisa de fascinación del niño, se le unió un gesto socarrón de adolescente que vuelve victorioso a las tantas de una noche entera de fiesta.

Al día siguiente, el despertador sonaría a las ocho y tendría que ser un adulto de nuevo.

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