Afterlife

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Acabas de cerrar la puerta; con un par de tablones y unos cuantos clavos, porque ahí afuera hace un viento de cojones.

Caminas sola por la larga y sinuosa calle, mirando hacia atrás hasta que su silueta se confunde con la luz de las farolas.

Os habéis dicho adiós, pero como quien dice adiós queriendo decir hasta luego, como si ambos pretendieseis veros otra vez.

Pero tú no.

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Lo primero que haces es recomponerte. Peinarte, ajustarte la falda, mirar el whatsapp. Quieres llorar, pero sabes que no debes. Que no puedes. Así que de camino a casa compras una gran tarrina de helado de ese que te gusta a ti, el Ben & Jerry’s, a pesar de que sea enero y haga un frío que pela. Tal vez subas la foto a Instagram.

Sabes que se ha terminado. Él no lo sabe, pero tú sí. En el estado civil de Facebook pasas de “es complicado” a “es una mierda”. Cambias The Kooks por The Smiths, a Drake y a Kanye por Bob Dylan. Los selfies en pareja por impersonales fotografías del cielo y de edificios grises. Sospechas que vas a seguir así durante un largo tiempo. Pero hay algo que se ha despertado dentro de ti.

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Tras unas cuantas tarrinas de helado más, vuelves a mirarte en el espejo. Sabes que vas mal vestida, que ese peinado no te favorece. “Se acabaron las rebajas”, dices. Sí, hace mucho tiempo. Pero tal vez sea una ocasión de probar algo distinto.

Te miras las caderas y piensas que nunca has estado en forma, porque a ti eso te daba igual. De repente ves que estarías mucho mejor con un par de kilos menos, y te apuntas al gimnasio. Y vas. Sí, esta vez de verdad.

Cada vez hay menos tarrinas de helado en tu nevera. Es una droga que has decidido cambiar por tu nueva yo. Una nueva tú que ha dejado de esconderse y de tener miedo. Que ha dejado de espiar compulsivamente sus redes sociales, sus conexiones en whatsapp y que ha olvidado los momentos banales con él que tanto te gustaban.

Pero ahora hay un problema.

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No dejas de ver a otros chicos. Hasta entonces, el género masculino se reducía a una persona. Todo intento de flirteo o de simple simpatía por parte de ellos lo filtrabas sin querer verlo. Pero como por arte de magia, el hechizo ha terminado, y tus ojos vuelven a la caza furtiva de otro par de ojos con los que chocar.

Te apuntas a un idioma aleatorio. A alemán, porque tu madre dice que es el idioma del futuro. Vas nerviosa el primer día, con una carpeta y cara nuevas. Cuando llegas y ves que allí no hay ningún chico, te decepcionas. Hasta estás un par de semanas sin ir. “¿Qué me pasa?” te dices.

Vas a recitales de poesía, e incluso un día te atreves a subir a la palestra y compartir uno de tus poemas, aunque sabes que son horribles (y lo son). Pero los aplausos y los ojos atentos a ti, tu nueva tú, te empujan a perseverar y mejorar un poco cada día.

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Vendrá el verano y no te creerás haber llegado viva hasta ahí. Mirarás atrás y no te reconocerás en tus autoindulgentes tweets, ni en tus desesperadas fotos de Instagram intentando captar algún like que te subiera la moral.

Y sí, te volverás a enamorar. Volverás a pasar por los nervios, las horas arreglándote, las miradas esquivas, las palpitaciones de corazón. Será distinto, pero al mismo tiempo extrañamente familiar.

Y cuando en el abrasador calor de agosto él te pregunte si quieres tomar un helado, tú le dirás “no, yo no como helado”. No, tú no.

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