El día después

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No sabes de cine. No sabes de física. No lees. No estudias, ni trabajas. No entiendo tus gustos musicales, ni tampoco las palabras en inglés que utilizas continuamente. No sabes de arte, ni de política. No has viajado a ningún otro país. No te gusta la psicología. No sientes curiosidad por las mismas cosas que a mí me fascinan. No te importa.

Y sin embargo yo cada día me muero por hablar contigo.

¡Pero verás! El problema es el siguiente. He hecho un pacto conmigo mismo tiempo atrás para no volver a caer en la trampa del amor (“amor”… por llamar de alguna manera a mi compulsivo deseo por la autodestrucción), así que este contrato que hemos hecho al fijar los ojos en el del otro me viene un poco mal. Creo que vienes en el momento equivocado.

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Pero ah: viene un pensamiento volando por mi mente, como si de un mensajero de un dibujo animado se tratara, haciéndose sonar entre las paredes huecas de mi sentido común. Y me dice que ya es tarde, que ya estoy irremediablemente enamorado de ti y que a partir de ahora serás la primera y última persona en la que piense durante el día y que en mi lecho de muerte la última imagen que me vendrá a la cabeza será la de tu cara, ah y que también te confundiré con todas las chicas altas con el pelo castaño que me encuentre por la calle. Bueno, menos mal que por lo menos eres guapa.

Pero (sí, otro pero) como entenderás yo no puedo vivir así. Por mucho que me gustes (me encantes) y quiera que tu voz sea la banda sonora de mi vida, yo tengo cosas que hacer, tengo que ordenar la casa, darle de comer a los pájaros, estudiar, visitar a mi abuelo, colarme en el cine (colarme de entrar sin que me vean, no colarme en la cola (argh, Juan para ya con estos estúpidos paréntesis)), no sé, tengo que ser una persona, un ciudadano, ¿entiendes?

Llegados a este punto empezarás a pensar que estoy majara. Lo estoy, pero ese no es el tema. El problema es que… ya he vivido esto, muchas veces, demasiadas, y ya sé lo que va a pasar. Nos vamos a enamorar, vamos a tener unas cuantas citas en las que yo me haré el gracioso y tú te harás la interesante, y para cuando ya nos toque dejar de fingir tú te tendrás que marchar y yo ya querré casarme contigo al día siguiente.

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Pero es que ese es el problema, el día siguiente. La zona de incertidumbre, creo que lo llaman en Física. Ese día en que estaré pegado al teléfono preguntándome si tengo que mandarte un mensaje ya, o por la tarde, o la siguiente hora, o el siguiente minuto, o dentro de cuatro días. Y me acabaré cansando y te mandaré un estúpido emoticono de un cactus que no tiene que ver con nada y me sentiré un tonto. Y lo que es peor, tú me contestarás con una ardilla y ahí ya no sabré qué demonios decirte.

El día después es el peor día de, dependiendo de cuándo nos veamos la siguiente vez. Puede ser el peor día de la semana, o el de los cuatro meses, o el de siempre. Sí, es un riesgo. Estoy tirando los dados contigo y me juego la cordura, la felicidad y el bienestar. Es una ruleta que no estoy dispuesto a girar. Una mano de cartas mal dada desde el principio. Y otra ruleta de esas que es roja y negra y tiene numeritos (creo que ya lo vas pillando).

Así que eso, no te lo tomes como algo personal. No eres tú, soy yo. Yo te adoro y creo que eres una persona verdaderamente excepcional y espero que te vaya bien todo en la vida. Pero ya sabes, tengo que dar de comer a mi abuelo. Y visitar a mis pájaros.

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¡Ah, pero a quién quiero engañar! Voy a seguir queriéndote hasta que se me gaste el corazón de tanto usarlo (por favor… qué cursi). Y voy a ordenar la casa, y a estudiar y a hacer locuras por ti. Porque tenía razón ese mensajero, ya no hay vuelta atrás. Y va a haber un día después. Y otro, y otro, y otro más. Y quién sabe cuánto tiempo habrá entre ellos. Pero óyeme bien: voy a luchar con toda mi fuerza por que llegue el momento en el que al día después, tú sigas junto a mí en la cama.

(Tenía que terminarlo bien).

(Adiós).

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