Sueño de primavera

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Me despertaba y había un banco de niebla en la playa. Nunca en mi vida había visto una niebla tan densa, tan perfectamente uniforme; parecía más algo creado por un ser humano o un efecto especial que niebla de verdad. Estaba ahí sentada, flotando, ocultando lo que no quería que viera, esperando a que me adentrase para descubrirlo.

Yo no solía hacer ese tipo de cosas, pero me dispuse a bajar a la playa. Desde la ventana no alcanzaba a verla, y por algún motivo quería comprobar si seguía ahí. Pensaba que podría haberse ido volando, o que alguien podía habérnosla robado. Me puse una camiseta y unos pantalones cortos y bajé a la plaza.

En cuanto torcí la esquina de mi antiguo colegio, la niebla comenzó a rodearme, y no podía ver más allá de unos cuantos metros. Es curioso, pero cuanto más me hundía en ella, más me costaba caminar. Era como si de repente me hubiese metido en el agua y estuviese caminando dentro de ella, como si hubieran sustituido el aire por un elemento más espeso. También empezó a hacer mucho frío y el paseo marítimo estaba desierto.

Cuando llegué al paseo vi que la playa seguía donde siempre. Me sentí un poco tonto por pensar que podía haber desaparecido de un día para el otro, pero es que nunca había visto una niebla tan densa. Me daba la sensación de que de repente el mundo se había vuelto en blanco y negro, y que los colores aparecían desgastados, si es que quedaba alguno.

Quería bajar a la playa y respirar aliviado por saber que seguía ahí, pero de pronto unas voces en mi cabeza empezaron a decirme que me fuese pitando de ahí. Les hice caso y di media vuelta, queriendo irme a casa. Pero no la encontraba. No encontraba mi casa, ni la esquina de mi antiguo colegio ni la plaza, andaba y andaba y no conseguía salir de la niebla. Sólo veía el paseo marítimo y la playa, siempre detrás de mí, como si me estuvieran llamando.

Sin otra opción, decidí finalmente bajar a la playa y entonces te vi a ti. Estabas en bañador, en una toalla, tomando el sol como si no te dieses cuenta de que estábamos rodeados de niebla. Caminé hacia ti, pero si ya me costaba andar en la niebla, con la arena cada paso era una tortura. Los músculos se me agarrotaban, la cara me dolía y sentía que la cabeza me iba a estallar. Pero no tenía otro sitio adonde ir.

Cuando llegue a donde estabas intenté hablar, pero no me salían las palabras. En su lugar mi boca emitió un quejido, y sin saber cómo me lloraban los ojos. Tú estabas en la toalla, con gafas de sol, mirando al cielo (que era niebla) sin notar mi presencia. Yo quería agacharme y sacudirte por los hombros pero estaba congelado, no me podía mover y mi boca no emitía sonidos y mis ojos lloraban y el mar estaba cada vez más cerca y más cerca y la niebla más densa y mi casa y la esquina de mi antiguo colegio.

Y entonces, una ola barría la playa y nos inundaba a ti y a mí para siempre. Tú te quitabas las gafas de sol, me mirabas y me decías: “es extraño, no hay olas en el Mediterráneo”. Te levantabas, cogías tu toalla y desaparecías en medio del mar. Yo entendía que al final sí que había desaparecido la costa, y me preguntaba quién la habría robado. Quería levantarme e irme como tú, pero me daba cuenta de que no sabía adonde ir. Seguía tus huellas hasta que me caía por un agujero y sonó la alarma.

Hoy me desperté y había un banco de niebla en la playa. Nunca en mi vida había visto una niebla tan densa, salvo aquella vez en Barcelona.

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