Alexandra, Hotel Cafe

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Y el alcohol se había terminado de todas formas así que salimos todos de casa de Noé y mientras hacíamos Tetris entre los coches y los taxis yo recordé que aquella noche tocaba Alexandra en el Hotel Café, y yo asumí que nadie querría venir conmigo a un lugar llamado Hotel Café un sábado a las 2 de la madrugada así que volví a pensar en Ella y en cómo me habría chantajeado con algo tan nimio como un beso en la mejilla o un abrazo, y en cómo yo habría dado el mundo por que alguien me pidiera un beso en la mejilla en lugar de sentir que nadie querría uno de mí y que Alexandra tendría pena por estar yo solo en su concierto, a pesar de que no nos conociéramos.

“Mira” -me dije en Su tono de voz- “vas a ir” y me fui sin despedirme de mis amigos, como si una extraña tristeza se apoderase de mí y me estuviese mandando a casa. Sólo que no esta vez no me iba a casa.

Ya de camino al hotel dos chicas de dentadura perfecta y bronceado imposible me preguntaron si tenía fuego, y tras dárselo y entre el humo y las risas me invitaron a irme con ellas a casa de Troy. Yo no sabía quién era Troy ni por qué tenía ese nombre, pero cuando me di cuenta estaba en una limusina con unas 9 personas que no conocía de nada y que no dejaban de rellenarme el vaso que había aparecido en mi mano. Yo seguía bebiendo, seguía pensando en Alexandra mientras el tequila caía justo en la parte de mi corazón que estaba rota y me hacía daño como quien echa alcohol en una herida, y pensé en que nuestra relación había sido como ver a una pareja desde el coche: La ves venir deprisa y cuando te das cuenta ya la has pasado de largo y parece cada vez más pequeña en el espejo del retrovisor.

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El reloj marcaba las 3:02, aunque no había sacado el móvil para mirar la hora por alguna razón me fijé, y las chicas de dentadura perfecta se reían y me empujaban en la casa del tal Troy que en realidad se llamaba Arturo, y yo no sabía muy bien donde estaba pero no me importaba mientras siguiese bebiendo, aunque continuaba pensando en Alexandra y en que la iba a decepcionar si no iba a su concierto, a pesar de no conocernos. Un chico que se hacía llamar Dante me estaba contando su experiencia en Australia, hablaba y hablaba sobre peleas con canguros y escorpiones y nada de eso me sorprendía porque mi cabeza seguía en mi antigua ciudad; siempre pensé que nos despediríamos como en las películas, en un aeropuerto con un dramático abrazo y el rostro mojado y no en un triste bar un miércoles al mediodía y una vacua promesa de volver a vernos cuando el calor se marchase.

Yo estaba empezando a marearme y el australiano no se cansaba pero yo sí, así que me disculpé tímidamente y salí al balcón. Allí había una chica que me recordaba a Ella, aunque entre el humo del cigarro no acertaba a distinguir sus rasgos, tan sólo veía su media melena rubia y sus labios y pensé en cómo me gustaría que fuese Ella para poder acariciarle el pelo aunque nunca le gustase y que me dijera que esa era la última vez pero en el fondo ambos sabíamos que no y que me dijese que el otro chico no la abraza como lo hago yo y que vendría conmigo a ver a Alexandra.

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Pero cuando el humo se disipó vi que no era más que una chica en un mar de chicas que no me decían nada y que se estaba haciendo tarde y yo tenía que marcharme porque desde el balcón vi un neón que decía “Hotel Café” y supe que debía hacer lo que quise proponerme desde el principio, y las chicas de dentadura perfecta también se habían olvidado de mí y fundido en el mar de todos modos así que me largué y caminé hacia el Hotel Café y no dejé de mirar mi móvil por si Ella se había enterado del concierto y me pedía que le mandase un audio, o una foto, o a lo mejor desearme buenas noches o que me pidiese quedarme quince minutos más.

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Entré en el Hotel Café y la música sonaba alta y clara; yo no podía creerme que llegase para el concierto ni que estuviese allí de verdad, en mi antigua ciudad, y no habérselo dicho a Ella y que Ella no lo supiera de todos modos, o que lo hiciera pero no me dijese nada, o que no estuviese allí como habíamos quedado, como en esa película de Jim Carrey y Kate Winslet. Ella no estaba, y resulta que Alexandra tampoco. En su lugar estaba cantando una chica con un nombre nórdico que no conocía de nada. Me quedé por si Ella aparecía, no me di cuenta hasta la mañana siguiente de que en realidad estaba en la ciudad nueva y que Alexandra había dejado la música hace tiempo, así que Ella y yo no nos encontraríamos nunca más, pensé, y en el retrovisor de la limusina la pareja se había desvanecido en la noche, y el humo se había tragado la media melena ondulada y los labios de la chica y de pronto la marea estaba baja y mi móvil sin batería.

Bueno, tal vez cuando el calor se marche, me dije.

Y si no siempre podría pedírselo a Alexandra (aunque no nos conozcamos de nada).

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