Crecer

 

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Esta mañana bajé en el ascensor con una de mis vecinas de toda la vida. Es una señora que ahora rondará los 70 años, menudita y con unos ojos grandes que seguramente enamoraron a más de uno cuando su piel aún no estaba arrugada. Hacía mucho que no la veía, digamos que un año, y ya estaba esperando a que me dijera lo mucho que había crecido, como me dice siempre que me ve. Pero esta vez no. Se limitó a saludarme y a mirar hacia abajo, igual que si yo fuese un adulto más y no el niño que se estira unos centímetros cada pocos meses.

A causa de un impulso extraño quise contarle todo lo que me ha pasado este año, con el fin de justificar que, aunque ya no esté en edad de crecer físicamente, lo he hecho de otro modo. Tal vez fuera por venganza, porque la ausencia de comentario acerca de mi estatura me había calado hondo; parecía una forma de decirme que ya soy mayor, aunque no me sienta así. Quizá necesitaba desahogarme con alguien, y que fuese una persona entre conocida y desconocida la convertía en la víctima perfecta. O a lo mejor es sólo que había desayunado fuerte.

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Le habría hablado con orgullo de que en invierno me olvidé de la chica del verano pasado. Su fantasma me estuvo atormentando durante todo el otoño, doliéndome más por lo que pudo haber sido que por lo que fue, como me pasaría con mi siguiente amor. No fue una tarea fácil deshacerse de la noche en que nos conocimos, ya que los fuegos artificiales de San Juan se habían impregnado en mi memoria como un algodón en alcohol que luego baña la herida sin delicadeza ni previo aviso. Tampoco lo fue omitir el recuerdo de sus suaves labios, que mencionaban mi nombre como quien dice una palabra francesa con sumo cuidado de pronunciarla correctamente. Sea como sea, comprendí que estaba echando de menos algo que nunca hubo, y que era mejor perder el tiempo en otros asuntos.

Probablemente no le contaría todas las noches que me sentí solo en mi habitación, intentando suplir la falta de cariño con una conversación cualquiera por whatsapp, o una llamada desesperada a un amigo cercano si la cosa era extrema. Recuerdo que cuando era pequeño, había ocasiones en que me dolían las piernas; mi madre me decía que era porque estaba creciendo. Es irónico que la persona a la que más quiero en este mundo sea a la que menos le cuento este tipo de cosas hoy en día. Y que la que más me conoce al mismo tiempo sea la que menos. Me pregunto si es algo de lo que me arrepentiré cuando sea tarde, o si lo aceptaré como quien acaba reconociendo que Papá Noel no existe, o que los Reyes Magos no viajan en camello cada 5 de enero.

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Estoy seguro de que, si hablase, le confesaría que este año me enamoré por tercera vez en mi vida. Fue algo que no quería que llegara y que no esperaba, pero que terminó ocurriendo. Sería una mentira si dijera que no fue de lo mejor que me ha pasado últimamente. Su ausencia es algo que me pregunto si terminará algún día, aunque no he decidido todavía si quiero que ocurra. Siempre recordaré la noche que nos vimos por primera vez, y ese juego pactado que mantuvimos del gato y el ratón hasta besarnos en una oscura discoteca. No fue el beso, ya que de esos he tenido antes, ni tampoco el baile; pero algo en la manera en que ella me rodeaba el cuello con sus brazos hizo que mis piernas se elevaran unos centímetros sobre el suelo como cuando era niño. Tal vez fue el hecho de saber que alguien en este mundo podía quererme de verdad, y que mi lado adolescente deprimido que se odia a sí mismo ya no tenía razón de ser. Estar en el mundo de pronto cobró sentido. Cuando la miré a los ojos sentí que todo el dolor que había sufrido hasta entonces había valido la pena por estar ahí, frente a ella, al fin en paz.

Sería imposible decirle que mientras recuerdo esto, un par de lágrimas brotan de mis ojos. Su fantasma es uno del que todavía tengo que deshacerme, de eso me doy cuenta ahora. Los recuerdos empapelan las cuatro paredes de mi habitación, y creo que hasta están ocultos bajo cada baldosa de mi ciudad, esperando a salir a la superficie cuando menos me lo espere. Creo que por eso quiero irme cuanto antes, más por huir que por descubrir, y me pregunto si cuando llegue el momento tendré la mentalidad adecuada; y si los centímetros que gané en aquella discoteca lejana los seguiré manteniendo, o si ya se fueron junto con los celos, las dudas y el miedo.

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Todavía tengo que decidir si además le detallaría cada vez que he temido por mi futuro. He considerado incontables profesiones sin llegar a decantarme al 100% por ninguna. La mayoría de ellas eran para estar más cerca de la chica, aunque ese es un factor que ya no importa. Los médicos me decían de pequeño que era normal que doliese crecer en altura. Nadie me avisó que la brecha entre la adolescencia y la adultez fuese a ser así, como un segundo doloroso parto, confuso por lo que está pasando en mi vida, en mi mente y en mi cuerpo. No dejo de pensar en lo fácil que era vivir hace nada, consciente de que todo está a punto de ponerse mucho peor. Ser adulto era algo que de niño deseaba que llegase, y que ahora veo como un acantilado hacia el que me empuja el universo. Tal vez esté exagerando. Tal vez sea un último rayo de pesimista adolescencia que se despide de mí para siempre, aunque nunca se vaya a ir del empapelado de mi habitación.

Cuando se abrió la puerta del ascensor, nos despedimos como dos adultos formales en un mundo de asuntos serios. Habría sido imposible contarle todo esto en el medio minuto que se tarda en bajar al portal, pienso. Aun así, hay una parte de mí muy profunda que desearía haber hecho una locura e intentarlo, en lugar de quedarme mirando a mis pies, intentando distinguir si los veo desde más lejos que el año pasado.

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