Del revés

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“Me tengo que ir”, te dijo, y ni un segundo después se volvió y abrió la puerta del coche, que arrancó sin darte tiempo a pedirle que espere, o a gritar su nombre. Tan poco considerado que no te dedicó ni una última mirada de reojo que grabar en su retina para el resto de su vida. Tal vez porque en realidad no se va, piensas mientras observas el mechón castaño que le tapa la cara. Pero el motor del coche te llevó la contraria con un rugido que, en el momento, te pareció que emulaba el sonido del mismo infierno, como previendo los días enteros de llorera que te iban a esperar. Cuando el coche desapareció en el horizonte, notaste tu cara mojada a pesar de que no llovía, y tu primera reacción fue coger el móvil y llamar a una amiga. A cuál, no importa, pensabas, pero en el fondo sabías muy bien a quién llamabas. Con cada tono del teléfono tu corazón aumentaba las pulsaciones, medio esperando a que él volviese. “La vida no es como en las películas, tonta”. Tu amiga coge el teléfono y entre sollozos le dices que se ha ido, que se ha ido de verdad. Todavía no te lo crees, es como cuando un familiar se muere y necesitas unos días para procesarlo. Y aunque no te lo creas, no paras de llorar y no sabes qué vas a hacer, le dices. Cuando de pronto, alguien te coge por los hombros y lo único que ves es un mechón de pelo castaño.

Te plantas frente a él y aunque has repasado el discurso un millón de veces en tu cabeza antes de salir de casa, lo único que logras sacar de tu boca es una pregunta amortiguada. ¿Por qué te vas? Sabes perfectamente por qué, lo dijiste por decir, porque tu cabeza va a mil por hora y no consigues aligerar el peso de todas las palabras que quieres pronunciar. Tal vez sería más fácil dejar que se marchase, no combatirlo, intentar pasar página como parece que él ha hecho. Pero es tan difícil rendirse cuando se tiene la absoluta certeza de que la otra persona siente lo mismo por ti que tú por ella. Y sabiendo que, a pesar de todo, prefieres aceptar sus errores, y tragarte tu orgullo, e intentarlo las veces que haga falta. Porque la alternativa a no tenerle él es mucho peor que las cien posibles batallas que podáis tener. Por eso llevas ya diez minutos explicándole las razones por las que tiene que quedarse, cuando realmente él sólo necesitaba una. La emoción te pudo, supones. Y te descubres cerca de él, casi apoyándote en su hombro, cuando dramáticamente abre la boca para decir algo.

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Saliendo del portal le ves, al otro lado de la calle, con el brazo apoyado sobre la puerta del coche, preparado para salir pitando en cualquier momento. No bromeaba cuando decía que tenía poco tiempo, piensas. Él te mira con cara seria, seguro de sí mismo, dispuesto a todo, como cuando por primera vez os visteis. Sólo que esta vez tiene una capa de frialdad, de desconfianza hacia ti, que colocó en lugar de la ternura y el cariño. Puedes ver en sus ojos incluso miedo. Te observa como un cazador furtivo que mira a un león cara a cara, debatiéndose entre el absoluto pánico y el deseo de querer atraparlo. Sólo que tú no eres un león ni él es un cazador. Sólo sois dos personas confundidas en un mundo injusto y difícil. Piensas que esa es una buena frase (aunque no lo sea) y la añades mentalmente al discurso que le vas a soltar. Y así, con esta falsa confianza recién adquirida, caminas hacia él.

Al día siguiente, llevas ya una hora quitándote y poniéndote ropa, probando distintas combinaciones de maquillaje, preguntándote si deberías pintarte los labios de carmín o si deberías dejarlos al natural. A pesar de que sabes que poco importa el aspecto que tengas cuando te has peleado con tu novio, te esfuerzas en ponerte guapa para él, aunque dé igual, aunque sea para distraerte por lo menos. En ese momento desearías no haberte decidido a entregarle tu corazón; siempre abogas por la individualidad y por cómo cada persona debe poder controlar su propia felicidad sin depender de los demás. Y aun así, aquí estás, cayendo en la misma trampa otra vez. Pero quien algo quiere, algo le cuesta, piensas mientras te pruebas el vestido de H&M de las rebajas de enero. No estás convencida todavía, pero te acaba de llegar un mensaje suyo diciendo que está abajo esperándote. Te pintas los labios, y cierras la puerta de tu casa.

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Todavía sin creerte que se vaya a Londres de verdad, te acuestas en la cama, sin hablar por teléfono con él por primera vez desde que estáis saliendo. Echas de menos su voz. Extiendes el brazo y tocas la parte de la almohada donde suele apoyar su cabeza cuando se queda en tu casa a dormir. Haces círculos con el dedo, dibujando su cara, el mechón de pelo castaño que tanto quieres que se corte. Parecía que fuera ayer cuando planeabais pasar el verano juntos, tal vez hacer un viaje a Sudamérica a ver las montañas de Perú. Pero todo se fue al traste tan fácilmente, por un malentendido que ya has intentado explicarle muchas veces. Miras al techo. ¿Qué planea hacer en Londres, de todas formas? Es difícil cambiarse de universidad en abril. Quién sabe qué pasa por su cabeza. En el fondo estás convencida de que no se va a marchar. No puede hacerlo. Te giras y miras el hueco en la almohada. La vida no es como en las películas, tonto.

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