Halley

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En mi ciudad sólo hay tres tipos de lugares donde reina el silencio absoluto: Las iglesias, las bibliotecas, y el museo de Bellas Artes. Quien me conozca (a mí, o al resto de mi generación), sabrá que no soy una persona particularmente religiosa. De hecho, encuentro las iglesias y otro tipos de santuarios un tanto perturbadores. No sabría decir qué es lo que me repele de ellas; es como si el aire fuese más pesado, y la voz de la conciencia gritase en tono de padre enfadado de las películas antiguas. En cuanto a las bibliotecas, cualquier universitario sabe que en época de exámenes allí hay de todo menos silencio. La concentración se dobla ante la distracción, los chándales se cambian por camisas y miradas lascivas. En fin, para qué seguir. Aquella tarde no me quedó más remedio que ir al museo.

La verdad es que no me importa mucho el arte, y sé muy poco de pintura, que es lo que suelen exhibir en el museo de Bellas Artes. Me pierdo entre los distintos periodos, las técnicas y los nombres imposibles de pronunciar, o de escribir. Recuerdo que una vez estaban expuestos unos dibujos primerizos de Picasso, y lo cierto es que algunos eran espantosos. Sin embargo, siempre que puedo me paso por allí. Lo que más me gusta de los cuadros es que los personajes pueden ser cualquiera. No como en las fotos. Cuando ves una foto de alguien, esa persona tiene nombre y apellido, existe en el mundo real. Un personaje en un cuadro podría ser cualquiera. Estaba observando uno de Munch, cuando un par de ojos azules me distrajeron de mi contemplación.

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¿Quién era esa chica? Sólo pude capturar el color de sus ojos mirándome fijamente a mí, expresamente, hasta que el resto de su cuerpo se desvaneció tras una esquina. Mi primer impulso fue ir tras ella, pero mi curiosidad no era tan grande como para permitirme correr el riesgo de parecer un acosador. Así que la dejé pasar, como tantas otras, hasta que una noche, esperando al autobús, vi dos pies calzados en unos zapatos poco apropiados para la lluvia pasando delante de mí. Cuando levanté la cabeza, ella ya no estaba. Pero algo me decía que era la misma chica de los ojos verdes, y que la casualidad había hecho que coincidiéramos una vez más en el tiempo y el espacio. Pero esta vez tampoco me envalentoné. Vaya con el universo.

Tengo una especie de norma personal, y es que no me permito hablarle a una desconocida por la calle porque sí. Creo que cuando la gente va caminando en la ciudad está pensando en sus cosas y su único objetivo es ir del punto A al punto B. Aunque le pares y le digas que es un ángel caído del cielo y que estáis hechos el uno para el otro, para ella vas a ser como uno de esos voluntarios que te intentan vender la moto. Mi filosofía de vida es pasar desapercibido, como un fantasma, y no molestar a los demás. Pero me dije: Si por tercera vez veo a esta chica, es que es una señal del destino y tengo que decirle algo. Porque como dije antes, no soy creyente, pero la vida sin una cierta dosis de fe se vuelve muy aburrida.

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Y como era de esperar en esta historia, resulta que me la volví a cruzar. Pero yo no hablé, lo hizo ella. Para desearle buena tarde a la camarera, y marcharse justo en el momento exacto en que dirigí la mirada hacia ella. Otra vez se había vuelto a escapar. Parecía que el universo estaba jugando a un juego cruel conmigo. Quería dejarme justo al borde de conocer a esta chica que tanto ocupaba mi mente últimamente; sólo para acabar contemplando su ausencia. Era como un puzle. De momento tenía sus ojos, sus pies y su voz. Me lo habría tomado alegremente como un juego, si no fuera porque temía no volver a encontrármela nunca más.

Pasaron los días, las semanas y los meses, y tuve que empezar a aceptar que no volvería a verla. Es curioso, porque en mi cabeza imaginé toda una vida entera junto a ella, sin siquiera saber muy bien cómo era su cara, su manera de vestir, o su personalidad. Tampoco sé qué era exactamente lo que tanto me llamó la atención. Sus ojos eran como el cometa Halley, el famoso asteroide que es visible desde la Tierra una vez cada varias décadas. A falta de otro nombre, cuando hablaba con ella en mi mente la llamaba así, Halley. El cielo nocturno era mucho más aburrido cuando ella no lo surcaba, fulminante, con sus zapatos sensibles a la lluvia y su dulce voz.

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Fue una tarde de marzo, justo un año después en que la vi por primera vez cuando me descubrí de nuevo en el museo de Bellas Artes. No había vuelto a ir desde entonces, quizá por miedo a no encontrarla allí. A veces, pensé, los flechazos pueden ser tan mortales como las relaciones. Me costó mucho tiempo quitármela de la cabeza. Seguramente porque en realidad nadie en mi vida cotidiana me agradaba, nadie me llamaba lo suficientemente la atención como para no buscar la excitación del amor en personas imaginarias.

Me senté frente a un cuadro de una mujer que me miraba, como lo había hecho la chica un año atrás. Dibujé su rostro con las manos en el aire. Eso es todo lo que quiero, pensé. Y entonces, por aburrimiento o por destino, miré hacia mi izquierda para encontrarme de nuevo, un año más tarde, con unos ojos marrones que me observaban, expresamente a mí, hasta desaparecer misteriosos tras una esquina. Me quedé sentado y volví a mirar el cuadro. Adiós Halley -suspiré. – Quienquiera que seas.

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