Deseando amar

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Es un año más tarde. Estoy sentado justo detrás del asiento desde el que me esperabas cuando nos conocimos. Está vacío; la falta de un cuerpo ocupando ese espacio me lleva a rellenarlo con el tuyo, mentalmente, igual que un niño es capaz de imaginar monstruos o cosas maravillosas. Me siento como un astronauta flotando perdido en el espacio. El asiento es la Tierra, y tú eres la Luna, mostrando su cara oculta.

Ahora una persona se ha sentado en tu asiento. Una figura que no es la tuya me saca de mi ensueño y me envía de nuevo de vuelta a la tierra. No eres ella, y ella no es tú, y me doy cuenta de que me gustaba más cuando el asiento estaba desocupado. Quizás esa persona se haya enamorado, estará enamorada o se enamorará. Pero no de mí. Ni yo de ella.

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La figura se levanta y se va. Yo me pregunto dónde estarás en este momento. Es posible que vengas a esta misma estación, y que por casualidad ocupes el asiento. Me dan ganas de levantarme y buscarte entre el mar de gente. Incluso si hiciera falta te buscaría por toda la ciudad. Pero, ¿qué te diría? No lo sé. Por eso me quedo aquí, sentado. Prefiero la virtualidad de tu recuerdo a la áspera realidad.

Saco mi móvil y pienso en sacarle una fotografía al asiento vacío. ¿Para qué? ¿Qué pretendo con esta estúpida idea? La imagen del asiento me da igual, y probablemente la acabaría borrando junto con el resto de fotos. Lo que importa es lo que siento estando aquí. Del mismo modo que lo que importaba era la calma que me transmitía tu mano cuando se abrazaba a la mía y caminábamos muy cerca el uno del otro, o la electricidad que desprendían nuestros besos en la oscuridad. Las fotografías tan sólo son un ambicioso intento de atrapar algo inatrapable. Me di cuenta demasiado tarde de que tú compartías esa característica.

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Otras figuras ocupan tu asiento. Cada una de ellas se ha enamorado, está enamorada o se enamorará. Pero ninguna de ellas eres tú. Son tan sólo espaldas que olvidaré a los dos segundos de que se hayan levantado. Llega el momento de marcharme, y con el último vistazo me doy cuenta de que no volverás a esperarme en ese asiento, ya nunca más me besarás ni pasearemos de la mano por los parques de Barcelona, fundidos en la oscuridad. Tan sólo me quedará caminar juntos por los borrosos senderos de mi memoria. Y esta indiferencia hacia todo lo demás.

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