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Es raro tener 23 años. No diría que es divertido, ni deprimente, ni bueno ni malo. “Raro” sería la palabra que escogería. Para mí es como estar en un limbo entre ser pequeño y ser mayor. No soy ninguna de las dos, y al mismo tiempo soy ambas. Por ejemplo: cuando mi madre me deja dinero para coger el autobús, o me veo cocinando los cuatro platos de siempre, o cuando tengo que pedirle la tarjeta de crédito a mi padre porque la mía expiró por desuso hace años, me siento pequeño. Pero cuando observo a los chavales salir del instituto, hablando en un dialecto que sólo ellos entienden, o cuando uso la palabra “chavales” para referirme a un grupo al que ya no pertenezco, me siento mayor.

Creo que la línea que separa ambos mundos siempre ha sido muy delgada. Apenas un hilo. Pero ahora parece que es tan grande como una autopista, en la que cada persona va a cierta velocidad, dependiendo del coche que utilicen. Conozco a gente que con mi edad ya tiene un hijo, y otra que apenas ha cambiado desde que acabó el bachillerato. Si antes el instituto me daba una guía, una especie de manual que seguir cuyas instrucciones simplemente eran “aprueba el curso, y pasa al siguiente”, ahora no hay ninguna pauta marcada para lo que tengo que hacer ahora. La libertad, mal aprovechada, me paraliza.

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No puedo evitar compararme con los demás, y siempre salgo perdiendo. El viaje a la madurez se ha convertido en una carrera, y mi coche avanza demasiado despacio. ¿Llegaré algún día a la meta? Otra gente pasa delante de mí, sonriendo, en compañía, preguntándome “¿por qué estás solo?”, “¿por qué no sales de casa?”, “¿por qué no buscas un trabajo?” “¿no deberías de dejar de perder tanto el tiempo?” mientras desaparecen riendo tras el horizonte.

Con el tiempo aprendí a aceptar que no hubiese un mapa para este viaje. Es lo normal. Cada uno construye su vida como quiere, o puede. Y a veces pienso que en realidad esto no es una carrera, ni un proceso, ni tan siquiera un viaje. Es una actitud. Levantarse por la mañana y fregar los platos. Pasear al perro, pasar la escoba, decir “buenos días”. Los que estamos en esta edad no somos ni pequeños ni mayores, simplemente somos. Y es precisamente esa ambigüedad, esa falta de etiqueta, la que a veces nos confunde y nos hace sentir miedo.

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De vuelta a la carrera. Miro a mi alrededor y siento que me estoy perdiendo algo. Porque alguien sube una foto de un viaje, o de un concierto, o una simple tarde con los amigos. Algo en mi pecho se retuerce, y me pregunto “¿por qué no soy yo?”. Entonces, como una botella de champán, saltan todas mis dudas y mis miedos, festejando alrededor de mi pesimismo. Soy el último en la carrera, pienso. Hay gente con masters, que ha estado en diez países diferentes, que disfruta de la vida y no se deja atrapar por la espiral de la negatividad. ¿Por qué no soy yo? ¿Es que alguien es así en realidad, o es todo un montaje?

Al final, la única verdad es que nadie quiere dejar de ser joven. Vivimos en una época en la que se ha estirado el chicle de la juventud hasta límites históricos. Mis padres tuvieron a mi hermana con 25 años. Yo no sé ni qué voy a cenar esta noche. Lo único que saco en claro de todo este lío es que no debo tener prisa. Aprenderé a cocinar, y a dejar la puerta del baño cerrada por las mañanas. Sacaré al perro todos los días, meditaré, seré responsable. Conseguiré un trabajo, tal vez incluso una novia e hijos. La buena noticia es que todavía tengo tiempo para averiguar quién soy, pulir mis virtudes, abnegar mis deseos. La mala, es que el tiempo, por muy fuerte que lo queramos, no posee la elasticidad de un chicle.

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