Alexandra, Hotel Cafe (Parte 2)

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Qué vergüenza. Tener que pasar otra vez por el interrogatorio completo. Y cuál es tu película favorita, tu color, tu comida. Ah, sí, los espaguetis. ¿Sabías que espagueti en italiano significa cordón? No, claro. A quién demonios le importa. Se miró en el espejo. Seguía ahí. Aquel día no era tan sólo una línea de puntos que formaban una silueta. Era ella, al completo. Con su vestido favorito. Y con un plan para aquel sábado.

Miró el móvil. Ya pasaban de las diez y veinticinco. Iba a llegar tarde, como siempre, pero eso ya lo sabía desde antes de haber concertado la cita. La vida en Los Angeles se movía deprisa, pero ella era un espíritu lento, tranquilo, despreocupado.  Era como la tranquila balada al final del disco, los acordes de una guitarra acústica con un teclado de fondo, quizá un coro al final. Se miró en el espejo una última vez antes de salir de su casa, para comprobar que seguía existiendo. Piernas, brazos, cara. Pelo. Su pelo estaba muy bonito aquella noche.

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En el porche, miró hacia las colinas de la ciudad. Siempre se preguntaba qué famosos vivirían allí. Una vez vi a Adam Driver, se dijo. Ya sabes, el de la nueva de Star Wars. Cuántas veces había compartido esa insulsa historia, con chicos que fingían estar impresionados, y que luego compartían con ella historias increíbles que realmente eran tan insulsas como la suya. ¿Y total para qué? ¿Todo esto, para qué? Las estrellas, las colinas, el perfume, el vestido. Pronto todo se evaporaría, como un sueño a media tarde.

Cuando arrancó el coche, se dio cuenta de la fecha mirando el navegador. Había pasado un año. Un año ya. Y todavía había noches en las que, en silencio, pensaba en él. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? Sonrió al hacerse esa pregunta. Se quedó allí, parada, con las luces interiores del coche encendidas, mirando al techo. Tal vez podría llamarle…

No. Aquello estaba prohibido. No sabía por qué, pero era así. A pesar de que había pasado ya un año, parecía que hubiera sido ayer. Ya no le dolía el hecho de no hablarle, ni saber qué era de su vida. Pero, de alguna manera, sentía que seguían muy cerca. Y aunque le hubiera dejado ella, cuando explicaba por duodécima vez su fetiche con los signos del zodíaco a un cualquiera que había conocido en Tinder, deseaba poder regresar a la conocida calma chicha de su relación. Cerrar los ojos, no mirar a los tiburones.

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Un restaurante de segunda, unas patatas fritas a medio freír, una cerveza mala. Ella no quería seguir viviendo esa vida, persiguiendo el amor en citas sin sentido. Pero tampoco quería estar sola. Por eso todavía pensaba en él algunas noches. Qué haría. Cómo hacerle volver. Había elaborado el plan perfecto en su cabeza mil veces, sólo por puro ejercicio mental, pero siempre se atascaba en el mismo lugar. Alexandra tendría que volver, lo sabía. Porque era imposible cruzarse con él por la ciudad, él ya no vivía allí. Con el semáforo en rojo, miró a las caras de la gente que cruzaba el paso de cebra. Pero tan sólo veía siluetas.

En realidad sería muy fácil, pensó. Desempolvar la guitarra, practicar durante unas semanas, organizar un concierto. Seguramente le dejarían tocar en el Hotel Café. Conocía al dueño, un tipo que viajó a Australia y, según decía, había peleado con un canguro. Un chalado. Pero buena gente, y fácilmente podría concederle ese favor. Sí, ¿por qué no? Casi le dieron ganas de dar media vuelta con el coche y coger la guitarra. Pero ella no era de las que daban plantón. “Espera un momento”, se dijo, “¿acaso no lo soy?”.

Había estado parada con el coche ante el semáforo en rojo todo aquel tiempo, y nadie le había pitado. “Qué extraño”, pensó. Entonces se dio cuenta: aquello no era real. Él la estaba imaginando. No llegaba siquiera a la categoría de recuerdo, era puro artificio. Tan sólo la sombra de alguien que no existe, ni existirá. Una línea de puntos unida por un frágil hilo creado por la nostalgia. Abrió la boca para decir algo, pero como pasaba siempre, el mundo se deshizo en millones de pedazos que se esparcieron por el espacio, el que quiera que fuera. Tendría que volver a intentarlo la próxima vez que él pensase en ella.

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